Bautismo
griego baptein, sumergir, lavar con agua. Desde muy antiguo, las religiones han tenido el agua como símbolo de purificación, por lo que algunas fuentes de agua eran consideradas sagradas, como el río Nilo entre los egipcios, el Éufrates en Babilonia, en donde se llevaban a cabo baños rituales de purificación; aún hoy, persisten estas prácticas, en el río Ganges de la India, por ejemplo.
En el A. T. encontramos una serie de prescripciones de la ley sobre baños y abluciones rituales. Para la consagración sacerdotal de Aarón y sus hijos, Yahvéh manda a Moisés que los bañe con agua a la entrada de la Tienda del Encuentro, Ex 29, 4; 40, 12; Lv 8, 6. Para limpiarse de ciertas impurezas, en las que se haya incurrido voluntaria o involuntariamente, y que impiden estar en presencia de Dios en el Templo, en la asamblea, en la guerra santa, se debía lavar los vestidos, bañarse, Lv 11, 25-40; 15; 16, 26-28; 17, 15; 22, 4-6; Nm 19, 8. Con los profetas, la purificación ya no es sólo un rito externo, puesto que la impureza está en el corazón del hombre, y de las ablucio nes y baños con agua hablan en sentido figurado, Is 1, 18; Jr 31, 33-34; Ez 36, 25-27; Za 13, 1. A los gentiles que querían entrar al judaísmo se les exigía que se bañaran, es decir, el bautismo de los prosélitos, como señal de aceptación de la alianza. Entre los esenios, también se practicó este rito, según se conoce por los historiadores, como Filón de Alejandría, Plinio el Viejo y Flavio Josefo, igualmente por las piscinas halladas por los arqueólogos en Qumran, a orillas del mar Rojo; se exigía a los miembros de esta comunidad un aseo estricto y baños con agua fría, además de usar vestidos blancos.
Dentro de la tradición profética que llamaba a la conversión interior, aparece Juan Bautista, quien invita a los judíos a la renovación interior, a la penitencia, a la confesión de los pecados, con un rito simbólico externo, el bautismo en el río Jordán, para el perdón de los pecados, Mc 1, 4. Sin embargo, Juan, como reza la profecía, es el mensajero enviado para preparar el camino del Señor, el precursor del Mesías, Is 40, 3; Mt 3, 3; Mc 1, 2-3; Lc 3, 4-6; Jn 1, 23; y el mismo Bautista dice, indicando que lo suyo es una fase transitoria, que vendrá la definitiva, que él bautiza con agua, pero el que vendrá, el Mesías, lo hará con el Espíritu Santo; “y fuego”, agrega el evangelista Mateo, aludiendo con esta figura a la acción purificadora del b., Mt 3, 11; Mc 1, 8; Lc 3, 16; Jn 1, 26. Jesús, a pesar de no tener pecado alguno, se somete al plan de salvación de Dios y se hace bautizar por Juan Bautista, Mt 3, 13-15; Mc 1, 9-11; Lc 3, 21-22.
Cristo resucitado y glorificado tiene el poder dado por el Padre el cual ejerce tanto en el cielo como en la tierra, y manda a los discípulos a que lo ejerzan también, en su nombre, por el b. y la evangelización a todas las naciones, Mt 28, 19; Mc 16, 15-16.
El b. en el N. T. desde los inicios del cristianismo, es el rito de entrada en la comunidad cristiana, la ceremonia del nacimiento del cristiano. Pedro, después de su discurso sobre los acontecimientos de Pentecostés, es interrogado por los concurrentes sobre qué hacer para salvarse. Y el apóstol responde que es necesario arrepentirse y bautizarse en nombre de Jesucristo para el perdón de los pecados y recibir el don del Espíritu Santo, Hch 2, 37-38. Aquí el b. presupone la fe en Cristo proclamada por los apóstoles, o la iniciación en ella, y la comunión con toda la comunidad, así como el compromiso de vivirla delante de los demás. Ese día se unieron a la Iglesia unas tres mil personas, que se bautizaron, Hch 2, 41. De la misma manera, en Samaría, los primeros creyentes, hombres y mujeres, se bautizaron tras oír el mensaje de Felipe y ver los signos que realizaba; hasta el mago Simón, quien tenía atónito al pueblo samaritano, se bautizó Hch 8, 5-13. Este mismo Felipe, diácono, bautiza en una fuente de agua que encuentra en el camino, al eunuco etíope, alto funcionario de la reina Candace, después de explicarle el pasaje del profeta, Is 53, 7-8, que el eunuco leía, sin entender a quién se refería el oráculo, Hch 8, 36-38. Pedro bautizó al centurión romano Cornelio y a los de su casa, con lo que se da a entender que los llamados al Reino de Dios son todos los pueblos, gentiles, incircuncisos, Hch 10, 47-48; como dice San Pablo en Ga 3, 27-29, el b. hace a quienes lo reciben uno en Cristo. “Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni mujer ni hombre”. Pablo también es bautizado en Damasco, tras haber sido derribado por Jesús, del caballo, camino de esta ciudad, en persecución de los cristianos, Hch 9, 19; y el Apóstol, a su vez, bautizó a muchos en su intensa actividad apostólica, en los viajes misioneros que emprendió. En Filipos, del primer distrito de Macedonia y colonia romana, bautizó a Lidia, vendedora de púrpura, natural de Tiatira, tras lo cual se convirtieron y bautizaron todos los de la casa de la mujer, Hch 16, 14-15. En la misma ciudad de Filipos, fue preso Pablo con Silas, y se produjo el prodigio de un terremoto que abrió las puertas de la prisión y los presos quedaron libres de sus cadenas. El carcelero, tras anunciarle la Palabra, se convirtió y se bautizó con los de su casa Hch 16, 32-33. En Corinto, habiendo escuchado la Palabra por boca del Apóstol, Crispo, jefe de la sinagoga, los suyos y muchos corintios creyeron y se bautizaron, Hch 18, 8. En Éfeso, dio Pablo con unos discípulos, unos doce hombres, que habían recibido el bautismo de Juan, quienes al oírlo se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; el Apóstol les impuso las manos y descendió sobre ellos el Espíritu Santo y recibieron el don de las lenguas y de la profecía, Hch 19, 4-7.
El b. está lleno de simbolismos. En San Juan el b. es un renacer o nacer de nuevo de lo alto, para poder entrar al Reino de Dios, Jn 3, 3. Nicodemo, el fariseo, en su encuentro con Jesús, pensó que se trataba de volver al seno materno; Jesús le replica que quien no nazca de agua y de Espíritu no entra rá en el Reino de Dios, Jn 3, 1-8. Aquí el agua es el símbolo del Espíritu, como se lee también en 1 Co 6, 11; Tt 3, 4-7. Es decir que el b. produce estos efectos: por él renacemos, Jesús nos justifica con su gracia, nos comunica el Espíritu, por él adquirimos parte en la herencia de la vida eterna, y como arras Jesús nos da el Espíritu, 2 Co 1, 22; Ef 1, 11-14.
Pablo el teólogo del b., ve en él un simbolismo de muerte y resurrección.
Por el b. participamos en la muerte sepultura y resurrección de Jesús, Rm 6, 3-6; Col 2, 12. Para el Apóstol, en el b. recibimos la luz de Cristo, somos iluminados, por lo que se le dio el nombre de iluminación, Hb 6, 4; 10, 32; Ef 5, 8 y 14. Con el sentido de lavatorio, que purifica y limpia, no sólo el cuerpo, sino primordialmente el corazón, Hb 10, 22; como se expresa también en 1 P 3, 21. Y sobre la Iglesia, dice que Jesús se entregó a ella “a fin de purificarla por medio del agua del b. y de la palabra”, Ef 5, 26. Igualmente, considera al b. como una nueva circuncisión, no ya de mano del hombre; es decir, el b. es la circuncisión espiritual establecida por Cristo, Col 2, 11-14. Por el b. nos hacemos todos hijos de Dios, Ga 6, 11-16; según había dicho en Ga 4, 4-7.
En la Iglesia católica el b. es un sacramento. Los sacramentos, según San Agustín, son “signos externos y visibles de una gracia interna y espiritual”.
El b. como la confirmación y las órdenes sagradas, se recibe una vez en la vida, es decir, imprime carácter por toda la eternidad.
Sobre el b. de los niños se sabe que los primeros cristianos lo administraban a los menores, según consta en la obra Tradición apostólica, siglo III, de San Hipólito. Esto obedece a una tradición judía, según la cual, los niños al nacer participan de la alianza. Otra de las razones, extendida hasta hoy, es el temor a que el niño muera sin haber recibido el agua bautismal. Por el contrario, varias iglesias sólo permiten administrar el b. a los adultos, como las de los baptistas y anabaptistas, la menonita, pues consideran que por la inmadurez del niño, éste no tiene conciencia para comprender la fe y el compromiso que implica. Anabaptista, precisamente, significa el que se bautiza nuevamente, pues en esta Iglesia bautizan al adulto, así lo haya sido en la niñez.
Por el Didaké o Enseñanzas de los Doce Apóstoles, del siglo I d. C., se sabe que inicialmente el rito bautismal era muy sencillo. Posteriormente, fue adquiriendo otras formas. En la obra de San Hipólito, citada atrás, dice que la ceremonia del b. estaba precedida del ayuno y la vigilia, la confesión de los pecados así como de la renuncia al demonio, el lavatorio con agua y la imposición de manos o unción con aceite. Después, la imposición de las manos queda para el sacramento de la confirmación. En algunas iglesias cristianas, como la baptista y las ortodoxas, se practica la inmersión, en otras la aspersión y en la católica se derrama agua sobre la cabeza del bautizado, afusión.
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