Arabia
inmensa península situada al occidente del Asia meridional, al sudeste de Palestina, con una superficie de tres millones de kilómetros. Limita al poniente con el mar Rojo al sur con el océano Índico y el mar de Omán, al oriente con el golfo Pérsico, por el norte el desierto de Siria. El centro de A. es una gran meseta con clima muy cálido y seco, y en sus costas es muy fértil. La Península Arábiga es la patria de los hijos de Sem, los semitas, tribus nómadas, que formaron una sociedad patriarcal de tradición pastoril. Desde muy antiguo se conoce a sus habitantes por su nomadismo, las caravanas de camellos y su actividad comercial Gn 37, 25.
Igualmente existieron en A. reinos muy prósperos con los cuales los israelitas tenían relaciones comerciales, como el reino de Sabá, cuya reina visitó a Salomón, 1 R 10, 15; 2 Cro 9, 1-14; Jr 25, 24; Ez 27, 21-25.
También el poderoso rey Josafat sometió a los pueblos que rodeaban a Judá, los cuales le llevaban presentes, entre ellos los árabes 2 Cro 17, 11. El reino de los nabateos, cuya capital era Petra, llegó a abarcar casi toda la Península Arábiga, algunos de cuyos reyes, que llevaban el nombre de Aretas, se mencionan en 2 M 5, 8. Pablo dice en Ga 1, 17, que después de haber recibido el llamado de Dios, fue a A., al reino de los nabateos, tres años, al sur de Damasco, huyendo de Aretas, gobernador en esta ciudad, Hch 9, 23-25; 2 Co 11, 32. En el año 106, Roma hizo de este reino su provincia, y le dio el nombre de A., razón por la cual se usa indistintamente los términos árabes y nabateos en muchos lugares de la Escritura.
Son muchas las referencias bíblicas a los árabes sobre todo en los profetas: Is 13, 20; 21, 13; 45, 14; 60, 6, en esta última cita, hablando del esplendor de Jerusalén el profeta se refiere a los camellos, a los dromedarios y a las riquezas de A., y menciona al reino de Sabá; en sentido figurado usa Jeremías la figura del árabe en el desierto, cuando habla de la infidelidad de Israel Jr 3, 2; en 6, 20 se refiere al incienso llevado de Sabá; Ezequiel, en la segunda lamentación por Tiro, 27, 20-22, habla del comercio de ésta con los árabes en ganados, aromas y piedras preciosas.
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