Altar
latín altare. Superficie o lugar elevado, que en muchas religiones es el centro del culto, de adoración de los dioses, donde se llevan a cabo ritos, ofrendas y sacrificios. Los altares son de diferentes dimensiones, diseños y materiales, los hay de tierra, unas cuantas piedras amontonadas , una simple roca Jc 13, 19-20, una losa o ara, una plancha de madera, que podía estar recubierta de metal, como en el antiguo tabernáculo, en el Templo de Jerusalén.
El a. a lo largo de la historia, ha estado asociado con el sacrificio; éste, en algunas culturas, era de seres humanos, tal ocurría con culto a Kemós entre los moabitas 2 R 3, 27; así también en el culto a Moloc, dios de los ammonitas, al que se ofrecían los niños pasados por el fuego, Lv 18, 21; 20, 2-5; Dt 12, 31; 2 R 16, 3; 2 R 21, 6;o de animales, como en la mayoría de las religiones antiguas, en tiempos del A. T., razón por la cual en los altares se han encontrado hoyos, para depositar la sangre de las víctimas. En algunas religiones antiguas, como las ofrendas se hacían para conseguir la unión con la divinidad, se celebraban banquetes en los que se comía de lo ofrecido en el a., para sellar dicha unión o pacto con el ser superior, costumbre esta que no se presentó entre los israelitas, sino que, por el contrario, fue condenada, Is 65, 11. El a. tiene carácter sagrado, pues es el sitio donde la divinidad se hace presente y donde el ser humano puede comunicarse con ella. En el A. T., se levantaban altares en donde Yahvéh se hubiera manifestado o se hubiera revelado, Gn 12, 78; 26, 24-25; Jc 6, 24-26.
La relación y el contacto del pueblo escogido con otras naciones politeístas, como Egipto, en donde estuvo cautivo, Canaán, cuya tierra conquistó, Babilonia, que lo sometió, etc., lo hicieron caer en la idolatría, levantar altares en honor de los ídolos, por lo que Yahvéh en el decálogo y en el código de la Alianza repudia toda idolatría, exige a su pueblo un culto exclusivo, Ex 20, 3-6 y 23; 34, 14-16. Le manda a Moisés cómo se le debe hacer el a., de tierra para los sacrificios, y si se erige el a. de piedra, éstas no deben ser profanadas por el cincel; no tendrá gradas a fin de que no se muestre la desnudez al subir el sacerdote al a. Ex 20, 24-26; Dt 8, 5-7; Jos 8, 30-31. Las víctimas debían inmolarse únicamente en el a., incluso bajo pena de muerte, Lv 1, 5; 17; Dt 12, 1-12; Jc 6, 20; 1 S 6, 14; 14, 31-35. Igualmente, Yahvéh prohibe hacer pactos con los países idólatras en que Israel entrará y le ordena destruir los altares de dichos pueblos, así como sus estelas e ídolos, Ex 34, 13; Nm 33, 52. Gedeón derribó el a. de Baal, dios cananeo, propiedad de su padre, y lo sustituyó por otro en honor de Yahvéh, como éste le había mandado, y le ofreció un holocausto en el a. recién construido Jc 6, 25-32.
Antes de que se establecieran las ciudades de asilo para proteger a los homicidas involuntarios de los vengadores de sangre Jos 20, 1 ss, era el santuario el sitio de asilo, de ahí la expresión bíblica “agarrarse a los cuernos del a.”, 1 R 1, 50-53 y 2, 28-34.
El pueblo de Dios, sólo tuvo un templo fijo levantado por el rey Salomón.
Antes en su andar por el desierto, hizo la morada, tienda o tabernáculo, de acuerdo con las instrucciones dadas por Yahvéh a Moisés, en la cual se guardaba el arca de la alianza. En dicha morada, estaba el a. de los holocaustos, confeccionado de madera de acacia, hueco, todo recubierto de bronce, cuyas dimensiones eran cinco codos de largo, cinco de ancho, cuadrado, y tres codos de altura; de sus cuatro ángulos salían unos cuernos, que formaban un solo cuerpo con el a., los cuales se untaban con la sangre del sacrificio Ex 29, 12; todos los utensilios del a. eran fundidos en bronce.
Este a. estaba diseñado de suerte que se pudiera transportar tenía anillas y varas para tal fin, Ex 27, 1-8; 38, 1-7. El a. de los holocaustos se encontraba ante la entrada a la morada, en el atrio, Ex 40, 6 y 28; en el se ofrecía el holocausto diario, dos corderos primales, uno en la mañana y otro en la tarde Ex 29, 38-41, así como los demás sacrificios que manda la ley. Sobre el a. arderá fuego perpetuo Lv 6, 5-6; 24, 2-4.
El a. del incienso o a. de oro, que estaba en el lugar santo, Ex 30, 1-10; 37, 25-29; 40, 26-27, también de acacia y cuadrado, un codo de largo por otro de ancho, y dos codos de altura, todo recubierto de oro puro. De sus cuatro ángulos salían cuernos, que formaban un solo cuerpo con el a., sobre los cuales se hacía expiación, una vez al año, con la sangre del sacrificio por el pecado Ex 30, 10. Asimismo, era portátil, tenía anillas y varas para moverlo.
La mesa de los panes de la presencia o de la proposición que estaba en el lugar santo, Ex 25, 23-30; 37, 10-16; Lv 24, 5-9; ésta era de madera de acacia revestida de oro puro, de dos codos de largo por uno de ancho, y codo y medio de alto; igualmente, portátil, con los anillos y varas para su transporte.
El a. de bronce del templo de Salomón 1 R 8, 64 y 9, 25, tenía veinte codos de largo por veinte de ancho y diez de alto 2 Cro 4, 1. Después de que Salomón hizo trasladar el arca de la alianza de Yahvéh desde la Ciudad de David hasta su sitio, al Debir de la Casa, el rey ante el a. y dekante de la asamblea de Israel pronunció su oración 1 R 8, 22 y 54; 2 Cro 6, 12. Sin embargo, Salomón, en su ancianidad, habiendo fabricado la Casa de Yahvéh, levantó un a. en honor de Kemós, por influencia de las mujeres extranjeras que amó, 1 R 11, 7.
El a. de bronce del Templo de Salomón se usó hasta cuando fue rey Ajaz; éste ordenó al sacerdote Urías que erigiera un a. como el de Damasco 2 R 16, 10-16. Ajaz cerró el Templo y levantó altares en las esquinas de Jerusalén y quemó incienso a otros dioses 2 Cro 28, 23-25. El rey Ezequías restauró después el Templo, el a. de los holocaustos con todos sus utensilios, así como la mesa de los panes, 2 R 18, 4 y 22; 2 Cro 29. El rey Manasés, contra lo que había hecho Ezequías, erigió altares idolátricos a los Baales, y en la misma Casa de Yahvéh, al ejército del cielo, 2 R 21, 3-9; 2 Cro 33, 3-10. Josías, posteriormente, llevó a cabo una reforma e hizo derribar, en su presencia, los altares idolátricos 2 R 23, 12-15; 2 Cro 34, 4-7; e hizo reparar la Casa de Yahvéh 2 R 22, 3-7; 2 Cro 34, 8-13. A raíz de la victoria de Nabucodonosor II, rey de Babilonia, sobre Nekó, o Necao, rey de Egipto, en la batalla de Karkemis, en el 605 a. C., el soberano caldeo dominó Palestina, y en el 604 a. C. hizo la primera incursión en este territorio y sometió a Yoyaquim, rey de Judá, y se llevó objetos de la Casa de Yahvéh y del a., 2 R 24, 1; 2 Cro 36, 5-6; Jr 14. En el año 597 a. C., Joaquín, rey de Judea, se rindió al rey cananeo, y éste saqueó los tesoros de la Casa de Yahvéh y del a. y llevó a cabo la primera deportación a Babilonia 2 R 24, 10-16; 2 Cro 36, 6-10; Jr 13, 18. Tras esto, Nabucodonosor puso a Sedecías como rey de Judá 2 R 24, 17. En el año 588 a. C., éste se alzó contra el rey babilonio2 R 24, 20; 2 Cro 36, 13. Dos años después, Nabucodonosor sitió y destruyó Jerusalén, saqueó e incendió la Casa de Yahvéh. Los moradores de Judá fueron llevados cautivos a Babilonia, segunda deportación, 2 R 25, 1-21; 2 Cro 36, 17-21; Jr 39, 1-14; 52.
En el 539 a. C. Ciro II el Grande, de la dinastía aqueménida, conquistó Babilonia, y el Imperio persa se constituyó en el más grande del mundo.
Este soberano respetó las costumbres y religión de los pueblos sometidos por lo que permitió a los judíos, después de setenta años de cautiverio en Babilonia, como lo predijo el profeta Isaías 44, 28; 45; volver a su tierra, reconstruir el Templo y levantar de nuevo el a., además de devolver los utensilios de la Casa de Yahvéh, que Nabucodonosor se había llevado de Jerusalén y había puesto en el templo de su dios, 2 Cro 36, 22-23; Esd 1.
Ya en el año 538 a. C., se había reestablecido el a. de los holocaustos Esd 3, 1-7. Estos acontecimientos se leen también en los libros de los profetas Ageo y Zacarías.
Cuando el imperio de los seléucidas estos soberanos quisieron imponer el helenismo en los territorios que conquistaron. Antíoco IV Epífanes, tras vencer a Egipto, entró en Jerusalén y se llevó los objetos del Templo, entre ellos el a. de oro, la mesa de los panes, 1 M 1, 20-24. A pesar de que Antíoco III, en el año 198 a. C., había reconocido la Ley de Moisés como el estatuto legal de los judíos, Antíoco IV Epífanes, en el año 168 a. C., desconoció el acto de su padre y predecesor, queriendo abolir el culto judío y reemplazarlo por el de las divinidades griegas, lo que pretendió mediante la publicación de un edicto en Jerusalén y en todas las ciudades de Judá 1 M 1, 41-53. En el año de 167 a. C., levantó sobre el a. de los holocaustos uno a Zeuz Olímpico o Baal Samen, la “abominación de la desolación”, lo mismo que en varios sitios de Judá, 1 M 1, 54-64; Dn 9, 27; 11, 31. En el año 165 a. C., Judas Macabeo entró con su ejército en Jerusalén y recuperó el Templo, profanado con ritos y sacrificios paganos. El Templo, entonces, fue purificado y consagrado nuevamente, “las piedras de la contaminación”, es decir, el a. idolátrico, fueron llevadas a un sitio inmundo; se demolió el a. de los holocaustos profanado por Antíoco IV y, con piedras sin labrar, como mandaba la Ley de Moisés, se erigió uno nuevo y se renovaron todos los utensilios del culto. El 25 de Kislev, tercer mes del calendario judío, que corresponde aproximadamente a nuestro mes de diciembre, año 164 a. C., a los tres años del primer sacrificio a Zeuz Olímpico, en el mismo día, se inició la celebración de la Dedicación del nuevo a., la cual duró ocho días, fiesta que en hebreo se llama Janukká, 1 M 4, 36 ss; 2 M 10, 1-8. Muerto Antíoco IV, Antíoco V concedió a los judíos la libertad religiosa, en el 163 a. C.,1 M 6, 55-63; 2 M 11, 13-33.
Ya en la época romana El emperador Tito, en el año 70 d. C., destruyó Jerusalén y, por consiguiente, el Templo y su a. En el año 637 d. C., Jerusalén fue tomada por los mahometanos, cuyo califa, Omar I, construyó la cúpula de la Roca, en la colina en que estuvo el Templo, sobre el a. de los holocaustos. En el N. T., el a. adquiere un sentido simbólico, y abundan las alusiones al a. del antiguo tabernáculo y al del Templo, para significar que el Redentor sella la nueva Alianza con su sangre, y que, por lo tanto, queda abolido el culto antiguo, ya que Cristo se ofreció en sacrificio una vez y para siempre, y es el cuerpo de Cristo muerto y resucitado el lugar del culto, Hb 9, 4 y 13, 10 y 15; Ap 6, 9; 8, 3; 9, 13; 11, 1; 14, 18; 16, 7. 1 P 2, 5.
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