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Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. «Adquirió» este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado «todo juicio al Hijo» ( Jn 5:22; cf. Jn 5:27; Mt 25:31; Hch 10:42; Hch 17:31; 2Ti 4:1). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3:17) y para dar la vida que hay en él (cf. Jn 5:26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo (cf. Jn 3:18; Jn 12:48); es retribuido según sus obras (cf. 1Co 3:12-15) y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (cf. Mt 12:32; Hab 6:4-6; Hab 10:26-31).
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