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«Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios» ( Mc 16:19). El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre (cf. Lc 24,31; Jn 20:19. 26). Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos (cf. Hch 10:41) y les instruye sobre el Reino (cf. Hch 1:3), su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria (cf. Mc 16:12; Lc 24:15; Jn 20:14-15; Jn 21:4). La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube (cf. Hch 1:9; cf. también Lc 9:34-35; Ex 13:22) y por el cielo (cf. Lc 24:51) donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf. Mc 16:19; Hch 2:33; Hch 7:56; cf. también Sal 110:1). Sólo de manera completamente excepcional y única, se muestra a Pablo «como un abortivo» ( 1Co 15:8) en una última aparición que constituye a éste en apóstol (cf. 1Co 9:1; Gal 1:16).
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