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Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte (cf. Mt 12:40; Rm 10:7; Efe 4:9) para «que los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan» ( Jn 5:25). Jesús, «el Príncipe de la vida» ( Hch 3:15) aniquiló «mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud» ( Hab 2:14-15). En adelante, Cristo resucitado «tiene las llaves de la muerte y del Hades» ( Ap 1:18) y «al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos» ( Flp 2:10).
Un gran silencio reina hoy en la tierra, un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra ha temblado y se ha calmado porque Dios se ha dormido en la carne y ha ido a despertar a los que dormían desde hacía siglos ... Va a buscar a Adán, nuestro primer Padre, la oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los que se encuentran en las tinieblas y a la sombra de la muerte. Va para liberar de sus dolores a Adán encadenado y a Eva, cautiva con él, El que es al mismo tiempo su Dios y su Hijo...'Yo soy tu Dios y por tu causa he sido hecho tu Hijo. Levántate, tú que dormías porque no te he creado para que permanezcas aquí encadenado en el infierno. Levántate de entre los muertos, yo soy la vida de los muertos (Antigua homilía para el Sábado Santo).CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
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