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Ya que el «Príncipe de la vida que fue llevado a la muerte» (Hch 3:15) es al mismo tiempo «el Viviente que ha resucitado» ( Lc 24:5-6), era necesario que la persona divina del Hijo de Dios haya continuado asumiendo su alma y su cuerpo separados entre sí por la muerte:
Por el hecho de que en la muerte de Cristo el alma haya sido separada de la carne, la persona única no se encontró dividida en dos personas; porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y única persona del Verbo (S. Juan Damasceno, f.o. 3, 27).CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
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