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«Por la gracia de Dios, gustó la muerte para bien de todos» ( Hab 2:9). En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente «muriese por nuestros pecados» ( 1Co 15:3) sino también que «gustase la muerte», es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó . Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba (cf. Jn 19:42) manifiesta el gran reposo sabático de Dios (cf. Hab 4:4-9) después de realizar (cf. Jn 19:30) la salvación de los hombres, que establece en la paz el universo entero (cf. Col 1:18-20).
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