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Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hab 10:10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él (cf. Jn 4:10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15:13), ofrece su vida (cf. Jn 10:17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hab 9:14), para reparar nuestra desobediencia.
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