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La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica S. Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: «fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios» ( Hch 2:23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han «entregado a Jesús» ( Hch 3:13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios.
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