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Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía, manifestando su sentido «pedagógico» (cf. Gal 3:24) por medio de una interpretación divina: «Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro ... -así declaraba puros todos los alimentos- ... Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas» ( Mc 7:18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no recibían su interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con que la acompañaba (cf. Jn 5:36; Jn 10:25. 37-38; Jn 12:37). Esto ocurre, en particular, respecto al problema del sábado: Jesús recuerda, frecuentemente con argumentos rabínicos (cf. Mt 2:25-27; Jn 7:22-24), que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio de Dios (cf. Mt 12:5; Nm 28:928:9) o al prójimo (cf. Lc 13:15-16; Lc 14:3-4) que realizan sus curaciones.
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