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El cumplimiento perfecto de la Ley no podía ser sino obra del divino Legislador que nació sometido a la Ley en la persona del Hijo (cf Gal 4:4). En Jesús la Ley ya no aparece grabada en tablas de piedra sino «en el fondo del corazón» ( Jer 31:33) del Siervo, quien, por «aportar fielmente el derecho» ( Isa 42:3), se ha convertido en «la Alianza del pueblo» ( Isa 42:6). Jesús cumplió la Ley hasta tomar sobre sí mismo «la maldición de la Ley» ( Gal 3:13) en la que habían incurrido los que no «practican todos los preceptos de la Ley» ( Gal 3:10) porque, ha intervenido su muerte para remisión de las transgresiones de la Primera Alianza» ( Hab 9:15).
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