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Este orden a la vez cósmico, social y religioso de la pluralidad de las naciones (cf. Hch 17:26-27), está destinado a limitar el orgullo de una humanidad caída que, unánime en su perversidad (cf. Sab 10:5), quisiera hacer por sí misma su unidad a la manera de Babel (cf. Gn 11:4-6). Pero, a causa del pecado (cf. Rm 1:18-25), el politeísmo así como la idolatría de la nación y de su jefe son una amenaza constante de vuelta al paganismo para esta economía aún no definitiva.
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