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El Bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores (cf. Isa 53:12); es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» ( Jn 1:29); anticipa ya el «Bautismo» de su muerte sangrienta (cf Mc 10:38; Lc 12:50). Viene ya a «cumplir toda justicia» ( Mt 3:15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el Bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados (cf. Mt 26:39). A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo (cf. Lc 3:22; Isa 42:1). El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a «posarse» sobre él ( Jn 1:32-33; cf. Isa 11:2). De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, «se abrieron los cielos» ( Mt 3:16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.
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