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Toda la riqueza de Cristo «es para todo hombre y constituye el bien de cada uno» (RH 11). Cristo no vivió su vida para sí mismo, sino para nosotros, desde su Encarnación «por nosotros los hombres y por nuestra salvación» hasta su muerte «por nuestros pecados» ( 1Co 15:3) y en su Resurrección para nuestra justificación (Rm 4:25). Todavía ahora, es «nuestro abogado cerca del Padre» ( 1Jn 2:1), «estando siempre vivo para interceder en nuestro favor» ( Hab 7:25). Con todo lo que vivió y sufrió por nosotros de una vez por todas, permanece presente para siempre «ante el acatamiento de Dios en favor nuestro» ( Hab 9:24).
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