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Debido a su unión con la Sabiduría divina en la persona del Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido a revelar (cf. Mc 8:31; Mc 9:31; Mc 10:33-34; Mc 14:18-20. 26-30). Lo que reconoce ignorar en este campo (cf. Mc 13:32), declara en otro lugar no tener misión de revelarlo (cf. Hch 1:7).
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