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El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí ... »( Mt 11:29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» ( Jn 14:6). Y el Padre, en el monte de la transfiguración, ordena: «Escuchadle» ( Mc 9:7; cf. Dt 6:4-5). El es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» ( Jn 15:12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8:34).
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