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Dios no es, en modo alguno, a imagen del hombre. No es ni hombre ni mujer. Dios es espíritu puro, en el cual no hay lugar para la diferencia de sexos. Pero las «perfecciones» del hombre y de la mujer reflejan algo de la infinita perfección de Dios: las de una madre (cf. Isa 49:14-15; Isa 66:13; Sal 131:2-3) y las de un padre y esposo (cf. Ose 11:1-4; Jer 3:4-19).
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