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A veces se acostumbra a distinguir entre alma y espíritu. Así S. Pablo ruega para que nuestro «ser entero, el espíritu, el alma y el cuerpo» sea conservado sin mancha hasta la venida del Señor (1Ts 5:23). La Iglesia enseña que esta distinción no introduce una dualidad en el alma (Cc. de Constantinopla IV, año 870: DS 657). «Espíritu» significa que el hombre está ordenado desde su creación a su fin sobrenatural (Cc. Vaticano I: DS 3005; cf. GS 22,5), y que su alma es capaz de ser elevada gratuitamente a la comunión con Dios (cf. Pío XII, Humani generis, año 1950: DS 3891).
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