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Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de «someter'' la tierra y dominarla» (cf Gn 1:26-28). Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por su acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos (cf Col 1:24). Entonces llegan a ser plenamente «colaboradores de Dios» ( 1Co 3:9; 1Ts 3:2) y de su Reino (cf Col 4:11).
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