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En Cristo, y por medio de su voluntad humana, la voluntad del Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por todas. Jesús dijo al entrar en el mundo: « He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad» ( Hab 10:7; Sal 40:7). Sólo Jesús puede decir: «Yo hago siempre lo que le agrada a él» ( Jn 8:29). En la oración de su agonía, acoge totalmente esta Voluntad: «No se haga mi voluntad sino la tuya» ( Lc 22:42; cf Jn 4:34; Jn 5:30; Jn 6:38). He aquí por qué Jesús «se entregó a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios» ( Gal 1:4). «Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» ( Hab 10:10).
CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
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