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Los bautizados no pueden rezar al Padre «nuestro» sin llevar con ellos ante El todos aquellos por los que el Padre ha entregado a su Hijo amado. El amor de Dios no tiene fronteras, nuestra oración tampoco debe tenerla (cf. NA 5). Orar a «nuestro» Padre nos abre a dimensiones de su Amor manifestado en Cristo: orar con todos los hombres y por todos los que no le conocen aún para que «estén reunidos en la unidad» ( Jn 11:52). Esta solicitud divina por todos los hombres y por toda la creación ha animado a todos los grandes orantes.
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