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Sólo la fe puede adherir a las vías misteriosas de la omnipotencia de Dios. Esta fe se gloría de sus debilidades con el fin de atraer sobre sí el poder de Cristo (cf. 2Co 12:9; Flp 4:13). De esta fe, la Virgen María es el modelo supremo: ella creyó que «nada es imposible para Dios» (Lc 1:37) y pudo proclamar las grandezas del Señor: «el Poderoso ha hecho en mi favor maravillas, Santo es su nombre» (Lc 1:49).
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