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Hay unos rasgos constantes en los Salmos: la simplicidad y la espontaneidad de la oración, el deseo de Dios mismo a través de su creación, y con todo lo que hay de bueno en ella, la situación incómoda del creyente que, en su amor preferente por el Señor, se enfrenta con una multitud de enemigos y de tentaciones; y que, en la espera de lo que hará el Dios fiel, mantiene la certeza del amor de Dios, y la entrega a la voluntad divina. La oración de los salmos está siempre orientada a la alabanza; por lo cual, corresponde bien al conjunto de los salmos el título de «Las Alabanzas». Reunidos los Salmos en función del culto de la Asamblea, son invitación a la oración y respuesta a la misma: «Hallelu-Ya!» (Aleluya), «¡Alabad al Señor!»
¿Qué hay mejor que un Salmo? Por eso, David dice muy bien: «¡Alabad al Señor, porque es bueno salmodiar: a nuestro Dios alabanza dulce y bella!». Y es verdad. Porque el salmo es bendición pronunciada por el pueblo, alabanza de Dios por la Asamblea, aclamación de todos, palabra dicha por el universo, voz de la Iglesia, meloDiosa profesión de fe, ... (San Ambrosio, Sal 1:9).
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