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Como última purificación de su fe, se le pide al «que había recibido las promesas» ( Hab 11:17) que sacrifique al hijo que Dios le ha dado. Su fe no vacila: «Dios proveerá el cordero para el holocausto» ( Gn 22:8) , «pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos» ( Hab 11:19). Así, el padre de los creyentes se hace semejante al Padre que no perdonará a su propio Hijo sino que lo entregará por todos nosotros (cf Rm 8:32). La oración restablece al hombre en la semejanza con Dios y le hace participar en la potencia del amor de Dios que salva a la multitud (cf Rm 4:16-21).
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