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«La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes»(San Juan Damasceno, f. o. 3, 24). ¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde «lo más profundo» ( Sal 130:14) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf Lc 18:9-14). La humildad es la base de la oración. «Nosotros no sabemos pedir como conviene»( Rm 8:26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (cf San Agustín, serm 56, 6, 9).
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