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En el camino de la perfección, el Espíritu y la Esposa llaman a quienes les escuchan (cf Ap 22:17), a la comunión perfecta con Dios:
Allí se dará la gloria verdadera; nadie será alabado allí por error o por adulación; los verdaderos honores no serán ni negados a quienes los merecen ni concedidos a los indignos; por otra parte, allí nadie indigno pretenderá honores, pues allí sólo serán admitidos los dignos. Allí reinará la verdadera paz, donde nadie experimentará oposición ni de sí mismo ni de otros. La recompensa de la virtud será Dios mismo, que ha dado la virtud y se prometió a ella como la recompensa mejor y más grande que puede existir: «Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo» (Lev 26:12)...Este es también el sentido de las palabras del apóstol: «para que Dios sea todo en todos» (1Co 15:28). El será el fin de nuestros deseos, a quien contemplaremos sin fin, amaremos sin saciedad, alabaremos sin cansancio. Y este don, este amor, esta ocupación serán ciertamente, como la vida eterna, comunes a todos (S. Agustín, civ. 22,30).CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
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