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En sentido etimológico, la «concupiscencia» puede designar toda forma vehemente de deseo humano. La teología cristiana le ha dado el sentido particular del movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón humana. El apóstol S. Pablo la identifica a la lucha que la «carne» sostiene contra el «espíritu» (cf Gal 5:16 ; Gal 5:17 y Gal 5:24; Efe 2:3). Procede de la desobediencia del primer pecado ( Gn 3:11). Trastorna las facultades morales del hombre y, sin ser una falta en sí misma, le inclina a cometer pecados (cf Cc Trento: DS 1515).
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