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Llamados a dar la vida, los esposos participan del poder creador y de la paternidad de Dios (cf Efe 3:14; Mt 23:9). «En el deber de transmitir la vida humana y educarla, que han de considerar como su misión propia, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y en cierta manera sus intérpretes. Por ello, cumplirán su tarea con responsabilidad humana y cristiana» (GS 50,2).
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