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El que quiere permanecer fiel a las promesas de su bautismo y resistir las tentaciones debe poner los medios para ello: el conocimiento de sí, la práctica de una ascesis adaptada a las situaciones encontradas, la obediencia a los mandamientos divinos, la práctica de las virtudes morales y la fidelidad a la la oración. «La castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad que habíamos perdido dispersándonos» (S. Agustín, conf. 10,29; 40).
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