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El mandamiento divino entrañaba la prohibición de toda representación de Dios por mano del hombre. El Deuteronomio lo explica así: «Puesto que no visteis figura alguna el día en que el Señor os habló en el Horeb de en medio del fuego, no vayáis a prevaricar y os hagáis alguna escultura de cualquier representación que sea...» (Dt 4:15-16). Quien se revela a Israel es el Dios absolutamente Transcendente. «El lo es todo», pero al mismo tiempo «está por encima de todas sus obras» (Sir 43:27-28). Es la fuente de toda belleza creada (cf Sab 13:3).
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