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Con frecuencia el ateísmo se funda en una concepción falsa de la autonomía humana, llevada hasta el rechazo de toda dependencia respecto a Dios (cf GS 20,1). Sin embargo, «el reconocimiento de Dios no se opone en ningún modo a la dignidad del hombre, ya que esta dignidad se funda y se perfecciona en el mismo Dios» (GS 21,3). «La Iglesia sabe muy bien que su mensaje conecta con los los deseos más profundos del corazón humano» (GS 21,7).
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