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El primer mandamiento condena el politeísmo. Exige al hombre no creer en más Dioses que el Dios verdadero. Y no venerar otras divinidades que al único Dios. La Escritura recuerda constantemente este rechazo de los «ídolos, oro y plata, obra de las manos de los hombres», que «tienen boca y no hablan, ojos y no ven...» Estos ídolos vanos hacen vano al que les da culto: «Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza» (Sal 115:4-5.8; cf. Isa 44:9-20; Jer 10:1-16; Dan 14:1-30; Ba 6; Sab 13:1-15, 19). Dios, por el contrario, es el «Dios vivo» (Jos 3:10; Sal 42:3, etc.), que da vida e interviene en la historia.
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