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Ante la presencia atrayente y misteriosa de Dios, el hombre descubre su pequeñez. Ante la zarza ardiente, Moisés se quita las sandalias y se cubre el rostro (cf. Ex 3:5-6) delante de la Santidad Divina. Ante la gloria del Dios tres veces santo, Isaías exclama: «¡ Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!» (Isa 6:5). Ante los signos divinos que Jesús realiza, Pedro exclama: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5:8). Pero porque Dios es santo, puede perdonar al hombre que se descubre pecador delante de él: «No ejecutaré el ardor de mi cólera...porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo el Santo» (Ose 11:9). El apóstol Juan dirá igualmente: «Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo» (1Jn 3:19-20).
CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
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