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El pecado es una ofensa a Dios: «Contra ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí» (Sal 51:6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse «como Dioses», pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal ( Gn 3:5). El pecado es así «amor de sí hasta el desprecio de Dios» (S. Agustín, civ. 1,14,28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cf Flp 2:6-9).
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