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Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios, tiene como consecuencia primera la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios recíprocos (cf Gn 3:12); su atractivo mutuo, don propio del creador (cf Gn 2:22), se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia (cf Gn 3:16b); la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y someter la tierra (cf Gn 1:28) queda sometida a los dolores del parto y los esfuerzos de ganar el pan (cf Gn 3:16-19).
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