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El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural. Creemos «a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos». «Sin embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores de su revelación» (ibid., DS 3009). Los milagros de Cristo y de los santos (cf. Mc 16:20; Hch 2:4), las profecías, la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad «son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de todos», «motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu» (Cc. Vaticano I: DS 3008-10).
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