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El hombre del Antiguo Testamento vive la enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad (cf Salmo 38) y de él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación (cf Sal 6:3; Is 38). La enfermedad se convierte en camino de conversión (cf Sal 38:5; Sal 39:9.12) y el perdón de Dios inaugura la curación (cf Sal 32:5; Sal 107:20; Mc 2:5-12). Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: «Yo, el Señor, soy el que te sana» ( Ex 15:26). El profeta entreve que el sufrimiento puede tener también un sentido redentor por los pecados de los demás (cf Isa 53:11). Finalmente, Isaías anuncia que Dios hará venir un tiempo para Sión en que perdonará toda falta y curará toda enfermedad (cf Isa 33:24).
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