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Después de Pascua, el Espíritu Santo «convence al mundo en lo referente al pecado» ( Jn 16:8-9), a saber, que el mundo no ha creído en el que el Padre ha enviado. Pero este mismo Espíritu, que desvela el pecado, es el Consolador (cf Jn 15:26) que da al corazón del hombre la gracia del arrepentimiento y de la conversión (cf Hch 2:36-38; Juan Pablo II, DeV 27-48).
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