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«Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (1Co 6:11). Es preciso darse cuenta de la grandeza del don de Dios que se nos hace en los sacramentos de la iniciación cristiana para comprender hasta qué punto el pecado es algo que no cabe en aquél que «se ha revestido de Cristo» ( Gal 3:27). Pero el apóstol S. Juan dice también: «Si decimos: `no tenemos pecado', nos engañamos y la verdad no está en nosotros» (1Jn 1:8). Y el Señor mismo nos enseñó a orar: «Perdona nuestras ofensas» (Lc 11:4) uniendo el perdón mutuo de nuestras ofensas al perdón que Dios concederá a nuestros pecados.
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