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Cristo mismo se declara marcado con el sello de su Padre (cf Jn 6:27). El cristiano también está marcado con un sello: «Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones» (2Co 1:22; cf Efe 1:13; Efe 4:30). Este sello del Espíritu Santo, marca la pertenencia total a Cristo, la puesta a su servicio para siempre, pero indica también la promesa de la protección divina en la gran prueba escatológica (cf Ap 7:2-3; Ap 9:4; Eze 9:4-6).
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