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El Apocalipsis de S. Juan, leído en la liturgia de la Iglesia, nos revela primeramente que «un trono estaba erigido en el cielo y Uno sentado en el trono» (Ap 4:2): «el Señor Dios» (Isa 6:1; cf Eze 1:26-28). Luego revela al Cordero, «inmolado y de pie» (Ap 5:6; cf Jn 1:29): Cristo crucificado y resucitado, el único Sumo Sacerdote del santuario verdadero (cf Hab 4:14-15; Hab 10:19-21; etc), el mismo «que ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado» (Liturgia de San Juan Crisóstomo, Anáfora). Y por último, revela «el río de Vida que brota del trono de Dios y del Cordero» (Ap 22:1), uno de los más bellos símbolos del Espíritu Santo (cf Jn 4:10-14; Ap 21:6).
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