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En este «universo nuevo» ( Ap 21:5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. «Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado» ( Ap 21:4; cf. 21, 27).
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