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La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete auténtico de las afirmaciones de la Sagrada Escritura (cf. Gn 2:17; Gn 3:3; Gn 3:19; Sab 1:13; Rm 5:12; Rm 6:23) y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del hombre (cf. DS 1511). Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado (cf. Sab 2:23-24). «La muerte temporal de la cual el hombre se habría liberado si no hubiera pecado» (GS 18), es así «el último enemigo» del hombre que debe ser vencido (cf. 1Co 15:26).
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