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Lucas 8

Nuevo Testamento (AFM 1995)

1Después de esto, recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando el reino de Dios. Le acompañaban los Doce

2y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios;

3Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

4Al reunirse una gran multitud y acudir a él desde todas las ciudades, les dijo con una parábola:

5«Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrar, una parte cayó junto al camino, y fue pisoteada y la comieron las aves del cielo.

6Otra cayó sobre el pedregal, y, una vez nacida, se secó por falta de humedad.

7Otra cayó entre espinos, y creciendo con ella los espinos, la sofocaron.

8Y otra cayó en tierra buena, y una vez nacida dio fruto al ciento por uno». Dicho esto exclamó: «¡Quien tenga oídos para oír, que oiga!»

9Pero sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola.

10Él les dijo: «A vosotros os ha sido dado conocer los misterios del reino de Dios, mientras que a los demás solo en parábolas, de modo que viendo, no vean y oyendo, no entiendan.

11Esto quiere decir la parábola: La semilla es la palabra de Dios.

12Los que están junto al camino son los que han oído, pero viene luego el diablo y se lleva la palabra de su corazón, no sea que crean y se salven.

13Los que están sobre el pedregal son los que, al oírla, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíces; creen por algún tiempo, pero a la hora de la tentación se vuelven atrás.

14La que cayó entre espinos son los que la escucharon, pero se ahogan en los cuidados, riquezas y placeres de la vida y no llegan a dar fruto.

15Y la que cayó en tierra buena son los que oyen la palabra con corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto por la perseverancia».

16«Nadie enciende una lámpara y la oculta con una vasija o la pone debajo de la cama, sino que la coloca sobre un candelero para que los que entren vean la luz.

17Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, ni secreto que no acabe por ser conocido y descubierto.

18Mirad, pues, cómo oís; pues a quien tiene, se le dará, y a quien no tiene, aun lo que piensa que tiene se le quitará».

19Vinieron a verle su madre y sus hermanos, pero no podían acercarse hasta él a causa de la muchedumbre.

20Y le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte».

21Pero él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen».

22Cierto día subió a una barca con sus discípulos, y les dijo: «Pasemos a la otra orilla del lago». Y partieron.

23Mientras ellos navegaban, se durmió. Se desencadenó entonces sobre el lago un vendaval, de modo que se inundaban y corrían peligro.

24Acercándose, lo despertaron, diciendo: «¡Maestro, Maestro, que perecemos!» Pero él, levantándose, increpó al viento y a las olas; estas cesaron y se produjo la calma.

25Entonces les dijo: «¿Dónde está vuestra fe?» Ellos, llenos de temor, se decían sorprendidos: «¿Quién crees que es este, que manda a los vientos y al agua y le obedecen?»

26Navegaron a la región de los gerasenos, que está frente a Galilea.

27Cuando ya estaban en tierra le salió al encuentro un hombre de la ciudad, poseído por los demonios, el cual desde hacía mucho tiempo no llevaba vestido, ni vivía en casa sino en los sepulcros.

28Al ver a Jesús, cayó a sus pies y se puso a gritar a grandes voces: «¿Qué tengo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te suplico que no me atormentes».

29Y es que mandaba al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre. Pues muchas veces se apoderaba de él, y lo ataban con cadenas y lo sujetaban con grilletes; pero, rompiendo las cadenas, el demonio lo empujaba a los desiertos.

30Jesús le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?» Él contestó: «Legión», porque habían entrado en él muchos demonios.

31Y le suplicaban que no los mandase ir al abismo.

32Había por allí una gran piara de cerdos paciendo en el monte, y le rogaron que les permitiese entrar en ellos. Y se lo permitió.

33Saliendo, pues, los demonios del hombre, entraron en los cerdos, y la piara se lanzó con ímpetu por el precipicio al lago y se ahogó.

34Al ver los pastores lo sucedido, huyeron y lo contaron en la ciudad y en las aldeas.

35Salieron, pues, a ver lo que había ocurrido; y llegando hasta Jesús, encontraron al hombre del que habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de miedo.

36Los que lo habían visto les contaban cómo había sido librado el endemoniado.

37Y toda la gente de la región de los gerasenos le pidió que se alejara de ellos, porque estaban dominados por un gran temor. El, subiendo a la barca, regresó.

38Él hombre de quien habían salido los demonios le pedía quedarse con él; pero lo despidió diciendo:

39«Vuelve a tu casa y cuenta qué grandes cosas ha hecho Dios contigo». Y fue por toda la ciudad publicando lo que Jesús había hecho con él.

40Cuando regresó Jesús, lo recibió la muchedumbre, pues todos le estaban esperando.

41Se presentó entonces un hombre llamado Jairo, que era jefe de la sinagoga; postrándose a los pies de Jesús, le rogaba que entrara en su casa,

42porque su única hija, de unos doce años, se estaba muriendo. Mientras iba, las gentes le apretujaban.

43Y una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había gastado en médicos todo su dinero sin que ninguno pudiera curarla,

44se acercó por detrás, tocó el borde de su manto y al instante cesó su flujo de sangre.

45Entonces preguntó Jesús: «¿Quién es el que me ha tocado?» Como todos lo negasen, dijo Pedro: «Maestro, la gente te oprime y te aprieta».

46Pero Jesús le contestó: «Alguien me ha tocado, porque he notado que una fuerza ha salido de mí».

47Viéndose la mujer descubierta, se acercó temblando, se postró ante él y contó delante de todo el pueblo la causa por la que lo había tocado, y cómo al instante había quedado curada.

48Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz».

49Estaba él todavía hablando, cuando llegó uno de la casa del jefe de la sinagoga diciendo: «Tu hija ha muerto. No molestes ya al Maestro».

50Pero Jesús, al oírlo, le dijo: «No temas, basta que creas y se salvará».

51Después de llegar a la casa, a nadie permitió que entrara con él, excepto a Pedro, Juan y Santiago, y al padre y a la madre de la niña.

52Todos lloraban y plañían por ella. Pero él dijo: «No lloréis, no ha muerto, está dormida».

53Y se reían de él, sabiendo que estaba muerta.

54Él, tomándola de la mano, dijo en voz alta: «Niña, levántate».

55Volvió a ella su espíritu, y se levantó al instante; y mandó que le dieran de comer.

56Sus padres quedaron asombrados; pero él les ordenó que no dijeran a nadie lo que había sucedido.

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