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Hechos 21

Nuevo Testamento (AFM 1995)

1Después de despedirnos de ellos, nos embarcamos y fuimos derechos a Cos, y al día siguiente a Rodas, y de allí a Pátara.

2Al encontrar una nave que iba a Fenicia, embarcamos y nos fuimos.

3Luego de dar vista a Chipre, que dejamos a la izquierda, navegamos hacia Siria y desembarcamos en Tiro, porque allí tenía que dejar la nave su carga.

4Habiendo encontrado a unos discípulos, permanecimos allí con ellos siete días. Estos, movidos por el Espíritu, decían a Pablo que no subiera a Jerusalén.

5Pero pasados aquellos días, salimos acompañados por todos, con sus mujeres y niños, hasta las afueras de la ciudad. En la playa nos pusimos de rodillas y oramos;

6nos despedimos unos de otros y subimos a la nave, volviéndose ellos a sus casas.

7Nosotros terminamos la travesía yendo de Tiro a Tolemaida, y tras saludar a los hermanos, nos quedamos un día con ellos.

8Al día siguiente partimos; llegamos a Cesarea, y entrando en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, nos quedamos con él.

9Tenía este cuatro hijas vírgenes que profetizaban.

10Habiéndonos quedado con él bastantes días, bajó entretanto de Judea un profeta llamado Agabo,

11quien, yendo a nuestro encuentro, tomó el cinto de Pablo, se ató los pies y las manos, y dijo: «Esto dice el Espíritu Santo: “Al hombre de quien es este cinturón así le atarán en Jerusalén los judíos y lo entregarán en manos de los gentiles”».

12Cuando le oímos, tanto nosotros como los de aquel lugar, le suplicamos que no subiera a Jerusalén.

13Entonces respondió Pablo: «¿Qué hacéis llorando y destrozándome el corazón? Pues yo estoy dispuesto no solo a ser encadenado, sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús».

14Y como no podíamos convencerle, dejamos de insistir diciendo: «Hágase la voluntad del Señor».

15Transcurridos estos días y terminados los preparativos subimos a Jerusalén.

16Vinieron con nosotros también algunos discípulos de Cesarea, que nos llevaron a hospedar a casa de un tal Mansón, chipriota, antiguo discípulo.

17Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con alegría.

18Al día siguiente fue Pablo con nosotros a visitar a Santiago y se reunieron allí todos los presbíteros.

19Después de saludarlos, contó con detalle las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio.

20Y ellos, después de oírle, glorificaron a Dios y le dijeron: «Ya ves, hermano, cuántos miles entre los judíos han creído, y todos son celosos cumplidores de la Ley.

21Pero han oído de ti que enseñas a todos los judíos que viven entre gentiles que deserten de Moisés, diciéndoles que no deben circuncidar a sus hijos ni observar las costumbres.

22¿Qué hacer, pues? Porque se enterarán de que has venido.

23Haz, por tanto, esto que te vamos a decir. Entre nosotros hay cuatro hombres que han hecho un voto;

24tomándolos, purifícate con ellos, y paga tú por ellos para que se rasuren la cabeza; y todos sabrán que no hay nada de lo que oyeron de ti, sino que tú también sigues observando la Ley.

25En cuanto a los gentiles que han creído, les hemos escrito diciéndoles que se abstengan de las carnes sacrificadas a los ídolos, de la sangre, de animal estrangulado y de la fornicación».

26Pablo tomó consigo entonces a los hombres, y al día siguiente se purificó con ellos, entrando en el Templo y anunciando el cumplimiento de los días de la purificación, hasta que se ofreciera la ofrenda por cada uno de ellos.

27Cuando estaban ya para cumplirse los siete días, unos judíos venidos de Asia, que lo vieron en el Templo, amotinaron a la muchedumbre y le echaron mano,

28gritando: «¡Israelitas, ayudadnos! Este es el hombre que enseña a todos y por todas partes contra el pueblo, la Ley y este lugar; más todavía, también a los griegos los ha introducido en el Templo y ha profanado este Lugar Santo».

29Y es que habían visto antes a Trófimo de Éfeso con él en la ciudad, y pensaron que Pablo lo había introducido en el Templo.

30Toda la ciudad se alborotó y acudió la gente de todas partes. Prendieron a Pablo, lo arrastraron fuera del Templo e inmediatamente cerraron las puertas.

31Intentaban matarlo, cuando se anunció al tribuno de la Cohorte que toda Jerusalén estaba amotinada.

32Este tomó en seguida soldados y centuriones y bajó corriendo hacia ellos, los cuales al ver al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo.

33Se acercó entonces el tribuno, lo prendió y ordenó que lo ataran con dos cadenas, y le preguntó quién era y qué había hecho.

34Entre la gente, unos gritaban una cosa y otros otra; como no lograba saber nada con claridad a causa del tumulto, ordenó que lo condujeran a la fortaleza.

35Pero al llegar a las escaleras, tuvo que ser conducido por los soldados a causa de la violencia de la gente,

36pues todo el pueblo le seguía gritando: «¡Mátale!»

37Cuando iban a introducirlo en la fortaleza, dijo Pablo al tribuno: «¿Se me permite decirte una cosa?» Él dijo: «¿Sabes griego?

38¿No eres tú el egipcio que hace unos días provocó un motín y condujo al desierto a cuatro mil sicarios?»

39Pablo contestó: «Yo soy judío, de Tarso, ciudadano de una ciudad nada desconocida de Cilicia. Te ruego, pues que me permitas hablar al pueblo».

40Se lo permitió. Y Pablo, puesto en pie sobre las gradas, hizo una señal al pueblo con la mano. Se produjo un gran silencio, y les habló en lengua hebrea, diciendo:

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