Ezequiel 3
La Biblia de Nuestro Pueblo (1995) ›1Y me dijo: –Hijo de hombre come lo que tienes ahí; cómete este rollo y vete a hablar a la casa de Israel.
2Abrí la boca y me dio a comer el rollo,
3diciéndome: –Hijo de hombre, alimenta tu vientre y sacia tus entrañas con este rollo que te doy. Lo comí y su sabor en la boca era dulce como la miel.
4Y me dijo: –Hijo de hombre, anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras,
5porque no se te envía a un pueblo de idioma extraño y de lenguas extranjeras que no comprendes.
6Por cierto, que si a éstos te enviara te harían caso;
7en cambio, la casa de Israel no querrá hacerte caso, porque no quieren hacerme caso a mí. Pues toda la casa de Israel son tercos de cabeza y duros de corazón.
8Mira, hago tu rostro tan duro como el de ellos y tu cabeza terca como la de ellos;
9como el diamante, más dura que el pedernal hago tu cabeza. No les tengas miedo ni te acobardes ante ellos, aunque sean un pueblo rebelde.
10Y me dijo: –Hijo de hombre, todas las palabras que yo te diga escúchalas atentamente y apréndelas de memoria.
11Ahora vete a los deportados, a tus compatriotas, y diles: Esto dice el Señor; te escuchen o no te escuchen.
12Entonces me arrebató el espíritu y oí a mis espaldas el estruendo de un gran terremoto al elevarse de su sitio la gloria del Señor.
13Era el revuelo de las alas de los seres vivientes al rozar una con otra, junto con el fragor de las ruedas: el estruendo de un gran terremoto.
14El espíritu me tomó y me arrebató y marché decidido y enardecido, mientras la mano del Señor me empujaba.
15Llegué a los deportados de Tel-Abib que vivían a orillas del río Quebar, que es donde ellos vivían, y me quedé allí siete días aturdido en medio de ellos.
16Al cumplirse los siete días me dirigió la palabra el Señor:
17–Hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel. Cuando escuches una palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte.
18Si yo digo al malvado que es reo de muerte y tú no le das la alarma –es decir, no hablas poniendo en guardia al malvado para que cambie su mala conducta y conserve la vida–, entonces el malvado morirá por su culpa y a ti te pediré cuenta de su sangre.
19Pero si tú pones en guardia al malvado, y no se convierte de su maldad y de su mala conducta, entonces él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida.
20Y si el justo se aparta de su justicia y comete maldades, pondré una trampa delante de él y morirá; por no haberlo puesto en guardia, él morirá por su pecado y no se tendrán en cuenta las obras justas que hizo; pero a ti te pediré cuenta de su sangre.
21Si tú, por el contrario, pones en guardia al justo para que no peque, y en efecto no peca, ciertamente conservará la vida por haber estado alerta, y tú habrás salvado la vida.
22Entonces se apoyó sobre mí la mano del Señor, quien me dijo: –Levántate, sal a la llanura y allí te hablaré.
23Me levanté y salí a la llanura: allí estaba la gloria del Señor, la gloria que yo había contemplado a orillas del río Quebar, y caí rostro en tierra.
24Penetró en mí el espíritu y me levantó poniéndome de pie; entonces el Señor me habló así: –Vete y enciérrate dentro de tu casa.
25Y tú, Hijo de hombre, mira que te pondrán sogas, te amarrarán con ellas y no podrás soltarte.
26Te pegaré la lengua al paladar, te quedarás mudo y no podrás ser el acusador, porque son un pueblo rebelde.
27Pero cuando yo te hable, te abriré la boca para que les digas: Esto dice el Señor. El que quiera, que te escuche, y el que no, que lo deje; porque son un pueblo rebelde.