Salmos 36
Santa Biblia Martín Nieto ›1Al maestro de coro; del siervo del Señor. De David
2El delito habla interiormente al criminal: "No temo a Dios ni en su propia cara".
3Se lisonjea de que su delito no será descubierto ni será castigado.
4Los dichos de su boca son iniquidad y engaño, ha perdido el sentido del bien;
5en su lecho planifica el delito; aferrado siempre al mal camino, no se aparta del mal.
6Pero tu amor, Señor, llega hasta el cielo, y tu lealtad hasta las nubes,
7tu justicia es cual los montes más altos, tus juicios como el inmenso abismo. Tú, Señor, salvas a los hombres y a las bestias;
8oh Dios, ¡qué precioso es tu amor! Los hombres se cobijan a la sombra de tus alas,
9se sacian de los ricos manjares de tu casa, en el torrente de tus delicias los abrevas.
10Pues en ti está la fuente de la vida y en tu luz vemos la luz.
11Guarda tu amor a los que te reconocen y haz justicia a los hombres honrados.
12No dejes que me pisotee el pie del arrogante, ni que la mano del criminal me alcance.
13Ahí están caídos los agentes del crimen, por tierra, sin poderse levantar.