Romanos 9
Santa Biblia Martín Nieto ›1Como cristiano que soy, digo la verdad, no miento. Mi conciencia, bajo la acción del Espíritu Santo, me asegura que digo la verdad.
2Tengo una tristeza inmensa y un profundo y continuo dolor.
3Quisiera ser objeto de maldición, separado incluso de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi propia raza;
4son los israelitas, a los que Dios adoptó como hijos y a los que se apareció gloriosamente; de ellos es la alianza, la ley, el culto y las promesas;
5de ellos son también los patriarcas; de ellos procede Cristo en cuanto hombre, el que está por encima de todas las cosas y es Dios bendito por los siglos. Amén.
6Y no es que las promesas de Dios no se hayan cumplido, porque no todos los descendientes de Israel son Israel;
7no todos los descendientes de Abrahán son hijos suyos. Lo que se dijo fue esto: Tu descendencia se perpetuará por medio de Isaac.
8Esto quiere decir que los hijos de Dios no son los que pertenecen a una raza, sino los que nacen en virtud de la promesa.
9Ésta fue la promesa: Por este mismo tiempo yo volveré, y Sara tendrá un hijo.
10No es sólo esto. Rebeca concibió de un solo hombre, Isaac, nuestro antepasado, dos gemelos.
11Cuando todavía no habían nacido sus dos hijos y, por tanto, no habían hecho nada bueno ni malo (para que el designio de Dios permaneciese conforme a su elección,
12no por las obras, sino por el que llama), se dijo a Rebeca: El mayor servirá al menor,
13como dice la Escritura: Amé a Jacob y aborrecí a Esaú.
14¿Diremos entonces que Dios es injusto? De ninguna manera.
15Pues a Moisés le dice: Tendré misericordia de quien quiera y tendré compasión de quien quiera.
16Por consiguiente, no es obra del que quiere ni del que se esfuerza, sino de Dios, que tiene misericordia.
17Pues la Escritura dice al Faraón: Te he constituido para mostrar en ti mi poder y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra.
18Así pues, tiene misericordia de quien quiere, y a quien quiere le endurece el corazón.
19Tú me podrás decir: Entonces, ¿por qué culpa a nadie? Porque nadie puede resistir a su voluntad.
20En todo caso, ¿quién eres tú, pobre hombre, para pedir cuentas a Dios? ¿Acaso dice el vaso al alfarero: Por qué me hiciste así?
21¿O es que el alfarero no tiene poder sobre el barro para hacer de una misma masa un vaso de lujo y otro corriente?
22¿Qué tienes tú que decir en contra, si Dios, queriendo manifestar su indignación y dar a conocer su poder, soportó con gran paciencia a los que estaban preparados para la destrucción;
23y obró así para dar a conocer la riqueza de su generosidad con los que eran objeto de su amor, los que él predispuso para gloria,
24a saber, nosotros, a los que él llamó, no sólo de entre los judíos, sino también de entre los paganos?
25Como dice en el libro de Oseas: Llamaré al que no es mi pueblo, pueblo mío; y a la no amada, amada.
26Y donde les dije: Vosotros no sois mi pueblo, allí serán llamados hijos del Dios vivo.
27Isaías clama sobre Israel: Aunque el número de los israelitas fuera como la arena del mar, sólo un resto se salvará;
28porque pronto y con exactitud el Señor cumplirá en la tierra su palabra.
29Ya el mismo Isaías había predicho: Si el Señor todopoderoso no nos hubiera dejado descendencia, seríamos como Sodoma, iguales a Gomorra.
30Entonces, ¿qué diremos? Que los paganos, que no perseguían la justicia, alcanzaron la justicia, la justicia de la fe;
31pero Israel, persiguiendo la ley de la justicia, no llegó a conseguir esa ley.
32¿Por qué? Porque no fue por el camino de la fe, sino por el de las obras, como si por ellas pudiera alcanzarla. De este modo tropezaron en la piedra de tropiezo,
33como dice la Escritura: Mirad, yo pongo en Sión una piedra de tropiezo, una roca que os puede hacer caer; pero el que crea en ella no quedará defraudado.