Job 9
Santa Biblia Martín Nieto ›1Job respondió:
2En verdad, bien sé yo que es así; ¿cómo frente a Dios puede tener razón el hombre?
3Aunque tratase de pleitear con él, no tendría qué responder una vez entre mil.
4Sabio de mente y robusto de fuerza, ¿quién puede resistirle impunemente?
5Él traslada los montes sin que se den cuenta, y los sacude en su furor.
6Desquicia la tierra de su sitio y hace vacilar sus columnas.
7Si él lo ordena el sol no sale, y mantiene bajo sello a las estrellas.
8Él solo extiende los cielos y camina sobre la superficie del mar.
9Él ha creado la Osa y Orión, las Pléyades y la constelación del Sur.
10Hace cosas grandes e insondables, maravillas que contarse no pueden.
11Si pasa junto a mí, no lo veo, y se desliza imperceptible.
12Si atrapa una presa, ¿quién se lo impedirá? ¿Quién le dirá: "Qué es lo que haces"?
13Dios no retira su furor, bajo él se inclinan los satélites de Rahab.
14¡Cuánto menos podré yo replicarle, rebuscar mis argumentos frente a él!
15Aunque tuviera razón no podría responderle; él es mi juez: tendría que suplicarle.
16Aunque respondiera a mi apelación, no estoy seguro de que escuchara mi voz,
17él, que me arrolla en raudo torbellino, que multiplica sin razón mis heridas
18y no me deja recobrar aliento, sino que me sacia de amarguras.
19¿Recurrir a la fuerza? Él es el vigoroso. ¿Al derecho? Mas ¿quién le citará?
20Si me creo justo, puede su boca condenarme; declararme culpable, si me estimo inocente.
21Mas ¿soy inocente? No lo sé; ya me da igual la existencia.
22Pero me es todo lo mismo. Y me atrevo a decir: Él pierde por igual al justo y al culpable.
23Si un azote acarrea la muerte de improviso, él se ríe de la angustia de los inocentes.
24En un país sujeto al poder de un malvado, vela él el rostro de los que le juzgan. Si no es él, ¿quién puede ser?
25Mis días pasan más veloces que un correo, se van sin ver la dicha;
26se deslizan igual que canoas de junco, como el águila cae sobre la presa.
27Si digo: Voy a olvidarme de mis quejas, a mudar de semblante y ponerme alegre,
28me invade el terror de todos mis dolores, pues sé que tú no me declaras inocente.
29Y si culpable soy, ¿para qué en vano fatigarme?
30Aunque con agua de nieve me lavara y mis manos limpiara con lejía,
31tú, con todo, me hundirías en el lodo y mis propios vestidos tendrían horror de mí.
32Pues él no es un hombre como yo para discutir con él y comparecer juntos en juicio.
33¡Oh, si hubiera entre nosotros árbitro que pusiera la mano entre los dos,
34para que aparte su látigo de mí y no me espante su terror!
35Hablaré, sin embargo, sin temerle, ya que no soy así ante mis ojos.